Hablar de lo que se nos enseña a ocultar: DEPRESIÓN y ANSIEDAD
La primera vez que registré tener un ataque de pánico estaba en Buenos Aires, había marchado con compañeres de trabajo y de estudio a una marcha educativa, estábamos llegando a Plaza de Mayo pero había tanta gente que ya no avanzábamos. Vi la bandera de una agrupación conocida más adelante y quise adelantarme a saludar a les compañeres que suponía que estaban debajo de ella. Empecé a avanzar con dificultad entre las personas, pero era tal el amontonamiento de gente que me empezó a faltar un poco el aire, empecé a transpirar mucho y a sentir las piernas flojas; así que decidí intentar volver, subiendo a la vereda y caminando lo más cercano a los edificios que pudiera; pero me perdí, no volví a encontrar a mis compañeres. Había cometido el error de no avisar a nadie que me iba a mover, por lo que si habían decidido abandonar la manifestación para regresar al colectivo, había muchas chances de que lo hayan hecho sin mí sin darse cuenta.
Intentaba seguir avanzando mientras pensaba si me acordaba en qué calle estaba estacionado el colectivo para encontrarme con el grupo, pero sentía cada vez más escalofríos, transpiraba cada vez más, me sentía mareada, tenía cada vez más dificultad para respirar. Me resultaba imposible reconocer el camino, por lo que decidí intentar buscar un espacio donde pudiera sacar el celular e intentar llamar a alguien. Llegué a una entrada de subte con la vista nublada y sensación como de asfixia. Empecé a sentir que me iba a morir, que algo malo iba a pasar, que no iba a reencontrarme con les demás nunca. No lo decidí, pero en algún momento me encontré sentada en la escalera del ingreso al subte, contra la pared, llorando y cubriéndome la cabeza, porque la gente pasaba en ambas direcciones y me chocaba. No podía frenar los pensamientos apocalítpicos y miedos infundados en mi cabeza, empecé a sentir una presión horrible en el pecho... no se cuanto tiempo estuve sentada en esa escalera siendo invisible para todes les que me pasaban por al lado: nadie me preguntó si necesitaba ayuda.
Creo que esa fue la primera vez que me sentí totalmente sola, insignificante, invisible para el mundo. Eventualmente volví al colectivo y no hablé con nadie al respecto, éramos muches y nadie pareció haberse dado cuenta de que me había ausentado un buen rato. No volví a tener ataques de pánico, pero no fui más a manifestaciones, empecé a evitar los grupos grandes de gente, después cualquier grupo de gente o actividad social, y finalmente hasta salir de casa. No volví a tener ataques de pánico, pero la soledad esa tan profunda que te parte al medio reapareció muchas veces y empezó a acarrear ataques de angustia que se volvieron cada vez más frecuentes e imposibles de ocultar: no podía ver a casi nadie, no podía ir a ningún lado más que a trabajar, jamás dejé de dar una clase, pero las daba en pésimas condiciones y notaba a veces las caras de preocupación de mis alumnes.
Fui diagnosticada con depresión producto de estrés postraumático unos meses después, cuando ya no pude seguir ocultando los síntomas. Comencé tratamiento con antidepresivos y terapia. Volví a funcionar más o menos socialmente, pero no había podido trabajar la situación de abuso que generó el estrés postraumático, por lo que volví a tener ataques de angustia unos meses después de haber sido dada de alta, y volví a requerir medicación. Una vez la psicóloga me dijo que tenía que dejar de llorar y resolver las cosas de una vez, justo a mí que la imposibilidad de pedir ayuda durante meses casi me mata. Dejé de ir y eventualmente encontré a una profesional empática y feminista, con la que pude hablar todas las cosas que no había podido antes.
La angustia no se va nunca del todo, une aprende a convivir con ella lo mejor que puede. A veces se siente como una presión apenas perceptible en el pecho, que no te impide seguir con la vida cotidiana, pero que si te recostás un ratito a respirar profundo y a concentrarte en reconocer como te sentís se hace notar: sigue ahí, latente, dormida. Esa presión mínima puede aumentar hasta sentirse como si te hubiesen puesto algo tan pesado encima que apenas podés respirar entrecortadamente: sentís que no respirás, pero sabés que algo de aire está entrando porque sino ya estarías muerta. Mientras tanto seguís ahí, totalmente consciente del dolor que desde el pecho se propaga hasta el centímetro de cuerpo más recóndito que puedas imaginar.
Dicho todo eso, no creo que los ataques de angustia sean la peor parte, al menos no para mí, que más de tres años después de ese primer episodio aprendí a manejarme mejor con ellos. En mi caso en particular, la clave resultó ser obligarme a seguir intentando hacer las tareas cotidianas hasta lograr hacerlas, porque concentrarme en ellas, que parecen tan difíciles en esos momentos, me calma y aleja mi mente de los fantasmas. Entonces me obligo a comer, aunque algunas veces he vomitado por llorar tanto; me obligo a ducharme, aunque no me lave el pelo y se me enriede todo; me obligo a cambiarme de ropa, cambiar las sábanas o ventilar el ambiente... y así de a poco retomo las tareas cotidianas hasta la repetición de tareas cotidianas que realiza cuerpo convence a mi mente de que está en la rutina habitual y todo se calma.
Entonces los ataques de angustia ya son tan poco frecuentes que casi son un mal recuerdo, pero las sensaciones de soledad, de desesperanza, de sentir que nada tiene sentido, a veces se tornan convivientes y todavía no descubrí como lidiar con ellas. Por suerte siempre tengo dos convivientes felinas, que son muy compañeras y alegran aunque sea un poco los días de encierro en este confinamiento pandémico que parece eterno.
Y ahora que ya "ventilé" todo lo que la depresión y la ansiedad me hacen sentir, quiero también "ventilar" algunas herramientas que me ayudan en el día a día. No pretendo para nada aconsejar a nadie, la ayuda que cada une necesita para lidiar con estas cuestiones es muy personal, pero creo que es clave un profesional idóneo que guíe el proceso y un entorno amoroso que acompañe, de la forma en que cada une necesite. Así que solo voy a contar, por si a alguien le sirve, algunas de las cositas que me ayudaron a repensar las situaciones de forma diferente...
Una vez hablando con una compañera de trabajo de que había estado muy angustiada toda la semana me contestó algo que me descolocó un poco, me dijo: "¡qué bueno que lloraste!" Me resultó rarísimo su comentario, porque no nos conocemos tanto, pero ella es una persona con una energía hermosa, transmite calma y alegría; seguimos hablando del tema y algo hizo click en mi cabeza: llorar es sentir lo que demanda ser sentido, dar lugar a esa angustia que presiona por salir hasta que desborda, es liberarla, sacarla afuera de une misme... después viene la calma, y el cansancio también, pero descansar suele venirle bien al cuerpo y al alma. Empecé a no juzgarme negativamente cuando lloro a partir de esa conversación con ella, a aceptar sentir lo que requiera ser sentido y después ver que hacer con eso cuando esté tranquila y haya pasado la tormenta.
Cuando estoy triste, angustiada y siento que las emociones negativas me abruman, muchas veces recurro a una de mis amigas más preciadas, que irónicamente fue la depresión la que hizo que llegara a mi vida, porque yo hablé en un grupo una vez de necesitar medicación, y años después ella en la misma situación, de necesitar ayuda farmacológica, se acordó de mí y me consultó sobre eso: empezamos a hablar y nunca dejamos de hacerlo. Ella fue y sigue siendo uno de mis sostenes principales desde que comenzó la pandemia, que vino a revolver tantas cosas que mi mente me había engañado para creer que ya estaban "arregladas". Poder hablar con alguien que entiende lo que sentís y no te juzga ni piensa que sos exagerada o que tus problemas son tontos, no tiene precio. Porque todos sabemos que hay problemas mayores en este mundo desigual, saqueado y pandémico en el que millones pierden el trabajo, a sus familias o la propia vida; pero el que nuestros problemas sean insignificantes en comparación con los globales no los hace menos reales y hacer de cuenta que no existen no los resuelve.
Así que mi recomendación a mí misma y a quien se haya tomado el tiempo de leerme hasta acá es que hablemos más, hablemos en serio, hablemos con honestidad y con sentimientos, hablemos con nuestros seres queridos, hablemos sin tabúes, hablemos con profesionales capacitades... hablemos y no nos encerremos más de lo que nos encierra la pandemia, porque de algunos encierros no hay salida.


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