La casa del Nono


La casa del Nono siempre está igual.

Casi igual, porque se nota que falta la abuela. 

Falta la abuela pero su habitación está intacta, tal y como ella la dejó hace ya varios años. 

Siempre me da una sensación extraña entrar ahí, la evito la mayoría de las veces, pero enfrento esa incomodidad cada tanto, porque su presencia es mucho más corpórea ahí. 

En la pared de esa habitación está colgada mi primera zapatilla de danza. 

Ella decía que brillaba como nunca cuando bailaba y que a ella le hacía feliz verme bailar. 

Me apoyó incondicionalmente siempre, fue la primera en detectar mis problemas de autoexigencia y siempre me motivó a buscar el disfrute y el deseo por sobre el mandato. 

Hay días que daría todo por una charla más juntas, porque siempre sabía qué decir para hacerme sentir mejor. 

Me queda su ropa que, aunque fue lavada mil veces, todavía me parece que tiene olorcito a ella y es lo más cercano a un abrazo que puedo alcanzar.

Me quedan las petunias, que me llevan a las mañanas de verano en las que plantábamos en el cantero del jardín.

Me quedan infinitos recuerdos hermosos que voy a atesorar siempre y el desafío de sentirme amada, valiosa e invencible, como solo ella podía hacerme sentir.

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