MONTAÑA RUSA
Ella siempre pensó que el tiempo era una cosa muy curiosa. Recordaba que un profesor preguntó una vez: “¿qué es el tiempo?” Nadie supo contestar obviamente, tampoco importaba, porque ese no era el objetivo de la clase. Pero siempre le pareció algo místico, indescriptible… magia blanca o negra, según la ocasión.
Unos días no son nada, unos meses no son nada… pero el mundo puede darse vuelta en segundos, como cuando triunfó la Revolución Cubana, como cuando tuvimos un golpe de estado en nuestro país, como cuando entendió que mandaba el corazón y no el cerebro, como cuando él le sonrió en esa fiesta...
Ella supo desde que lo vio que iba a ser un gran problema, pero no pudo resistirse a saber de qué características. ¿El amor a primera vista es un cliché de los cuentos de hadas? Ella nunca creyó en eso, tampoco en los fantasmas. Pero pasaron cosas raras en su casa y dudó. Lo conoció a él y… curiosidad a primera vista podríamos titularlo.
Primer pensamiento: “es muy lindo”. Él la saludó. Mucha gente, charlas, hamburguesas, cervezas. Automáticamente se convirtió en el centro de atención, o por lo menos de la de ella. Segundo pensamiento: “¡me encanta como piensa!” Debates: política, educación, la vida… otras cervezas. Tercer pensamiento: “es increíble”, seguido de: “ni me registra”. Más charlas, política, chistes, menos gente, más cervezas. Último pensamiento incoherente y alcohólico de la noche: “le caigo mal... menos mal, sino sería un gran problema”.
Acertó con algunos, erró con otros… Cuando él le empezó a hablar incluso sospechó: “¿será que necesita algo este pibe?” Y todo fue una montaña rusa desde ese momento… Conversaciones por mensaje de esas que, cuando te estás durmiendo, te resistís lo más que podés, y cuando sabés que perdiste la batalla, no avisás porque querés la excusa para seguir hablando al día siguiente. En persona más fácil todavía… parecía que el tiempo se suspendía y que se conocían de toda la vida.
¿Y qué si su piel le sabía más dulce que la miel? Él le dijo que pensaba que ella era tierna, nunca supo que recorrer su cuerpo con sus labios le resultaba adictivo. Tampoco supo que cuando le besaba el cuello, ella perdía toda noción del tiempo y del espacio. ¿Lo notó? Nunca fueron buenos leyéndose uno al otro. Pero para ella verlo dormir en su cama, escucharlo respirar a su lado, sentir sus brazos alrededor de su cuerpo… eran pequeños placeres cotidianos, de los que nunca parecía saciarse.
¿Y qué si parece una locura hablar de amor? No hablemos de amor, hablemos de que a ella le encantaba escucharlo, de que sus besos se sentían como llegar a casa después de un largo viaje, de que nunca un cuento le resultó tan interesante, como las pequeñas historias de su vida que él fue compartiendo con ella… Hablemos de que no podía dejar de sorprenderse por su interés en ella: “¿sos insegura?” le preguntó él… Ella lo dejó pensar que sí, porque era más fácil que decirle la verdad: que nunca nadie le había parecido tan fascinante como él… Jamás entendió por qué ella, pero tampoco le importó, decidió disfrutar de esa breve brecha del mundo real.
Una vez había leído una frase, que por algún motivo se impregnó con ella: No te lamentes porque terminó, se feliz porque sucedió. Y allí estaba ella, entre el sabor amargo de que él ya no estaba, y los restos dulces de sus últimos besos. Todavía sentía sabor a él en su cuerpo, todavía podía olerlo en sus sábanas...
¿Fue un error? Ya no podía seguir el hilo de sus pensamientos. ¿Duele? Como bien le había dicho él: “vos supiste desde el primer día que me iba”. Pero hacía rato que ella se había dado por vencida con los “debe ser”, pesaban demasiado, asfixiaban. El sentir vencía al pensar todo el tiempo… ¿se arrepentía?, ¿cómo podría?
Los kilómetros parecían infinitos, pero a ella le preocupaba más si él volvía que el que se haya ido. Si se abriera otra brecha mágica, si el tiempo volara y él volviera a su cama… ¿podría con otra vuelta en la montaña rusa? Obviamente disfrutaría el viaje: el despertar de todos los sentidos, la adrenalina, el corazón a mil… Pero ella no podía dejar de pensar que por algo será que en los parques de diversiones, esas atracciones duran tan poco y siempre tienen mucha fila. Tampoco podía dejar de pensar que esos juegos siempre le gustaron justamente por transformar el pensar en sentir, tan rápidamente que parece magia.

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