La chica del cumpleaños
Como probablemente cualquier niña, solía amar los cumpleaños: plantar flores en el cantero del jardín con mi abuela; el patio hermoso, arreglado especialmente para ese día tan especial por mi papá; el vestido nuevo, especial para ser estrenado en esa ocasión; primos, amigos y familia en el patio de casa; tortas de ensueño hechas por mis tías; títeres, payasos o juegos armados por mi mamá y mis tías; hamburguesas para todos hechas por papá… tal vez cuando uno tiene menos de 12 o 13 años no alcanza a verdaderamente “ver” todas esas cosas, y simplemente disfruta de ser el centro de atención y de que se le den todos los gustos por un día.
Después se vino la adolescencia... ¡el tan esperado cumpleaños de 15!, la enorme fiesta que se planificó durante casi dos años, y con la que yo soñaba desde mucho antes… Toda la familia participando de los preparativos: abuelos, tíos, primos… intentando que esa noche sea como la soñaba, dispuestos a colaborar en lo que sea: la abuela encargada de las flores, la tía de la torta, la madrina del video, las primas acompañando en las fotos… ¡Y qué decir de mis viejos!... no alcanzan las palabras... como siempre, haciendo hasta lo imposible para que yo pudiera cumplir todos mis sueños, sin importar el gasto o el sacrificio que implicara, del cual obviamente yo no era consciente en ese momento. Y llegó esa tan esperada noche, fui princesa por un día y todo fue mejor de lo que había soñado, mágico como jamás podría haber imaginado: entrar con mi papá y con mi hermanito del brazo; toda mi familia, todos mis amigos, todos allí presentes por mí; cartas, videos, velas, una sorpresa increíble de mi mejor amiga… Recuerdo terminar la noche sintiéndome la persona más amada y agradecida del mundo.
Después de eso tal vez durante unos años los cumpleaños perdieron un poco la perspectiva, se trataron más de elegir el atuendo ideal, tomar y salir a bailar con amigos; porque parecía que eras más interesante si tomabas alcohol y si llamabas la atención y te decían que estabas linda. Por suerte mi mamá, una mujer increíble, de fierro, con una fuerza que nunca vi en nadie más, siempre ahí para acompañarme y empujarme un poco en la dirección correcta, nunca me dejó dejar de festejar los cumpleaños con mi familia, comer todos juntos con mis primos, pasar la tarde con mis amigas charlando en la pileta… No me arrepiento de esos festejos igual, fueron lo que quería en ese momento.
Crecí un poco más, aunque la parte de la adolescencia de no lograr definir del todo quién soy y quién quiero ser se quedó conmigo (¡por suerte!), pero los cumpleaños volvieron a ser más acerca de pasar el día con la gente que quiero y me quiere igual de bien: familia y amigos; aunque dejé de organizar tanto cosas, ¿quién puede pensar en organizar festejos si tuviste la suerte de nacer en una fecha que siempre está en medio de las mesas de exámenes de la facultad? Algunos años más memorables que otros, más o menos estresada, con más o menos ganas de festejar, festejando en una ciudad u otra, o en ambas… La mejor idea de cumpleaños que tuve en esos años fue saltar en paracaídas con mi papá, sin dudas; pero de todos puedo decir que me sentí amada y agradecida de tener tanta gente que me quiere bien en mi vida.
Y ahora tocó el número 26, que según lo socialmente impuesto debería disgustarme, porque indica que ya estoy más cerca de los 30 que de los 20; y los patéticos estándares que tenemos dicen que una mujer es más “deseable” si es más joven… Ocurre también que es el primer cumpleaños sin mi abuela, y el primero que me toca trabajar en lugar de estudiar… Rarísimo todo esto…
No hice nada especial, mi mamá vino a visitarme, incondicional como siempre, y pudimos compartir gran parte del día las dos solas, como hacía mucho que no ocurría, charlar de las cosas más pavas e insignificantes y reírnos, y también hablar en serio, pensar un poco juntas qué quiero hacer con mi vida; sus palabras siempre pueden iluminarme el camino, por más incierto o aterrador que parezca. A la noche di clases, así que fue la primera vez que no hice nada con nadie. Siempre escuché a la gente renegar de tener que trabajar el día de su cumpleaños, a mi me pareció algo inusual, pero no podía definir si me disgustaba la idea o no…
Resultó ser un día que creo que no voy a olvidar durante mucho tiempo, no solo por sentirme amada como siempre, porque toda la gente esa que uno sabe que siempre está aunque no nos veamos seguido, obviamente allí estuvo, presente de diversas maneras… Incluso hubo personas que no pensé que iban a llamarme que lo hicieron, y un mensaje de mi primita más chica que me dió piel de gallina, no porque pensara que iba a olvidarse o que no le importara yo, pero las palabras tan dulces, viniendo de un ser que se adora tanto, siempre movilizan cada célula del cuerpo de uno.
De este cumpleaños no me voy a olvidar porque terminé el día trabajando, dando clases hasta las 11 de la noche, y la verdad que fue uno de los mejores regalos de cumpleaños que podría haber recibido… Una nueva confirmación de que elegí la carrera correcta, de que amo la profesión que todavía no tengo pero que ya tengo la suerte de poder ejercer, de que me apasiona enseñar y aprender tanto de mis alumnos… Ellos no sabían que era mi cumpleaños obviamente, pero un grupo se quedó después de hora preguntando cosas, curiosos de lo que había más allá del contenido, entusiasmados por descubrir la lógica matemática… Me hicieron latir el corazón tan fuerte como pocos momentos lo han hecho, y creo que seguí sonriendo hasta después de dormirme, muestra física de la felicidad que me desbordaba por dentro…
“La vida es demasiado corta para no estar agradecidos por cada momento que vivimos. Hoy tengo mucho que agradecer” - Demi Lovato.


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