Identidad Robada

No podía dejar de entrelazar nerviosamente mis dedos. Era mucho más sencillo dedicarme a mirar mis manos sobre la mesa que levantar la vista hacia la puerta del bar. Temía verla entrar, pero también me aterraba que no llegara. Ella había intentado contactarme muchas veces, había dedicado su vida a buscarme, o eso me había dicho…
Yo tuve una infancia feliz, padres que me amaron y que me educaron. Tenía miedo de conocerla, no sabía si quería saber lo que ella quería contarme. Si conocía su historia no iba a poder evitar que interfiriera con la mía. ¿Realmente quería evitarlo? Sentía que estaba engañándome a mí misma, que había una parte de mí que no conocía y que, aunque temiera que no me gustara, tenía que descubrirla. Ella me había dicho que me amaba, que me había amado toda mi vida, desde el día en que supo que su mamá me llevaba en su vientre. Sigo sin poder pensar en ella como mi hermana, ni en su madre como la mía.
Me sobresalté cuando se acercó a mi mesa. Sigilosa, cautelosa. Le había costado tanto tiempo que yo accediera a hablar con ella que parecía que tenía miedo de ahuyentarme. No estaba equivocada, había pensado seriamente en salir corriendo durante los quince minutos que llevaba esperando.
- Hola. – dijo.
- Hola. – respondí, con una voz rasposa que no parecía mía.
- Yo entiendo que vos sos feliz con la familia que tenés. – dijo. Suspiró y continuó con voz pausada: - Entiendo que estuve mal en acusarlos. Lo único que quiero pedirte es que leas esto.
Lentamente, apoyó un sobre viejo sobre la mesa. Parecía una carta escrita muchos años atrás. La miré con una indefinible mezcla de temor y curiosidad.
- Nuestra madre dejó esta carta para que nuestra abuela me la diera si a ella le pasaba algo. Por lo que ella me contó, fue escrita unos meses antes de que quedara embarazada de vos.
Miré el sobre con cautela. ¿Qué era lo peor que podía enterarme? Toda la vida había pensado en mi madre biológica como alguien que me había abandonado, porque era muy joven o porque no tenía los recursos para hacerse cargo de mí. Mis padres adoptivos siempre me habían dicho que no sabían nada de ella.
Durante tantos años, jamás se me había ocurrido dudar de sus palabras, hasta que apareció ella. Esta mujer un poco mayor que yo, terroríficamente parecida a mí, que aseguraba que ella era mi hermana mayor, que no me habían abandonado, que ella llevaba toda su vida queriendo encontrarme a mí y a nuestros padres. No le creí ni una sola palabra, pero ella no dejaba de aparecer. El parecido era innegable. ¿A qué le tenía miedo?, ¿a comprobar que me habían mentido toda la vida?, ¿a descubrir que no era quien pensaba ser?…
Agarré el sobre y lo abrí lentamente. Adentro había dos hojas arrancadas de un cuaderno pequeño, escritas a mano. Estaban sucias, la tinta estaba corrida en algunas partes, alguien había llorado sobre ellas. Respiré profundo y empecé a leer.
“Amada hija:
Si estás leyendo esta carta es porque algo nos pasó y no pudimos seguir a tu lado. Tal vez te hayamos llevado de tus tíos al sur, tal vez hace tiempo que no nos ves. Tenés que entender hijita mía, que sos lo más hermoso que nos pasó en la vida, y si no pasamos cada minuto con vos, es porque no queremos ponerte en peligro. Nuestra prioridad es mantenerte a salvo, aunque eso implique alejarte de nosotros, aunque eso signifique no poder verte sonreír cuando te despertás cada mañana.
Nosotros pensamos que lo más importante que podemos hacer por vos en esta vida es educarte con el ejemplo, siendo las mejores versiones de nosotros mismos, para que vos te conviertas en la mejor versión de vos misma. Queremos que aprendas de la solidaridad, del amor, del valor, de la confianza y de la igualdad. Queremos que vivas feliz, en un mundo justo, en un mundo sano… un mundo que no existe en este momento, que estamos luchando por construir. Queremos que puedas ir a una escuela donde no te discriminen por tener menos, que nunca falte un plato de comida en tu mesa, que tengas atención de buena calidad si alguna vez tenés algún problema de salud, que puedas estudiar lo que te guste o tener un trabajo digno cuando seas mayor, que vivas en un mundo donde no existan la codicia, la discriminación ni el rencor, sino que esté lleno de justicia, generosidad, amabilidad y compañerismo… 
Como tus padres, creemos que te merecés el mejor mundo que podamos ofrecerte, que podamos dejarte, y es porque creemos con todo nuestro corazón que ese mundo puede alcanzarse, que daríamos la vida por construirlo. Cada día, cada noche, daríamos la vida luchando por ese ideal, defendiendo tu derecho a una vida digna, defendiéndonos de quienes intentan quitárnoslo todo.
No queremos que veas en lo que se convirtió el mundo ahora. El pueblo pasa hambre, las grandes empresas nos explotan mientras contaminan las aguas y los suelos. El mundo está muriendo poco a poco, la codicia de unos pocos destruye los sueños de la mayoría. Vivimos en un mundo en el que el acumular unas cuantas monedas más, es más importante que la vida de un obrero; en el que producir un poco más rápido bienes que nadie necesita realmente, es más importante que poder tomar el agua que nos brinda nuestro suelo. ¿Cómo hacemos para explicarte que hay gente que tiene más dinero del que va a poder gastar en toda su vida, mientras hay mucha más que no tiene ni un pedazo de pan para calmar su hambre? ¿Cómo te explicamos que esa gente vive feliz y no hace nada para ayudar los demás? En este mundo en el que vivimos, el egoísmo y el individualismo son los valores fundamentales de una sociedad que acumula sin saber por qué,  gasta sin medir y consume sin pensar…
Hijita, si nos alejamos de vos, si algo nos pasó y no pudimos estar a tu lado viéndote crecer, no pienses que quisimos dejarte sola, nunca sientas que te abandonamos. Si nos fuimos fue porque dimos la vida ayudando a la que debería ser la causa de todos los argentinos, ayudando a construir un país mejor, un mundo mejor, para vos y para todas las generaciones que sigan a la tuya.
Estamos orgullosos de vos.
Siempre estás en nuestros corazones.
Te amamos y nunca nada va a poder cambiar eso…
Mamá y Papá.”
Y así fue como mi mundo quedó patas arriba. Un remolino incontrolable de emociones y sensaciones arrasaba con mi interior y salía a la superficie. Mis ojos se llenaron de lágrimas, vi que los de ella también, pero no podía sostenerle la mirada.
Todo lo que alguna vez había creído cierto, era una mentira. No había sido abandonada, había sido robada de unos padres que nunca llegué a conocer y que ya me amaban  más de lo que podía llegar a comprender. Esa carta estaba tan dirigida a ella como a mí…
Volví a levantar la mirada. Ella tomó mi mano por sobre la mesa. Sentí la calidez de su palma, como se aferraba a mí. Vi las lágrimas correr por su rostro, pero ella me sonreía con dulzura. Mi hermana mayor.
La persona en la que me había convertido había sido fruto de engaños. No sabía quien había sido, ni quien era en ese momento, pero si sabía que quería convertirme en algo más, que quería conocer la historia de la familia que me había sido negada.
Sentí como todo lo que creía se derrumbaba por el piso, como un edificio que había sido volado desde sus cimientos. Los ladrillos estaban desparramados por todos lados, nada había quedado en pie. Pero no era destrucción lo que veía, sino la oportunidad de reacomodar los ladrillos, uno por uno, deshaciéndome de algunos para reemplazarlos por nuevos y reacomodando los que todavía sirvieran.
Tenía que reconstruirme, crearme de nuevo, renacer en esta nueva realidad. Tenía que abrir verdaderamente los ojos, por primera vez, ante el mundo que había a mí alrededor.
Sonaba aterrador. Me estremecí.
Ella apretó más fuerte mi mano. La presión que se acumulaba en mi pecho empezó a ceder.
Respiré profundo un par de veces y volví mirarla, esta vez con verdadera intención de ver más allá de su rostro. Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba sola y podía ver en sus ojos, que nunca más iba a estar sola. El camino que se habría frente a mí, lo íbamos a recorrer juntas.





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